Mundial Sub 17: eterno déjà vu, otra vez la bestia negra se devoró a los juveniles argentinos


Hace 24 años, la Argentina encadenaba tres victorias contra Portugal, Costa Rica y Guinea y arrollaba en su zona para pasar con comodidad a la etapa de eliminación directa en el Mundial Sub 17 de Ecuador. Era agosto de 1995. Entonces, la zona del mata-mata comenzaba en los cuartos de final porque participaban menos países. Contra los locales, en Guayaquil, la selección de José Pekerman ganaba 3 a 1…, con un gol de Pablo Aimar. Esta vez se trató de los octavos de final, nuevamente contra un adversario sudamericano y en una Copa del Mundo organizada por estos rincones del planeta. Y con Pablo Aimar…, como entrenador. Pero se derrumbó la Argentina. Sufrió una increíble eliminación, cuando se había retirado al entretiempo con dos goles de ventaja. En la segunda etapa, en poco más de media hora, el horizonte se volvió plomizo y el equipo albiceleste perdió 3 a 2 con Paraguay para despedirse de la Copa del Mundo cuando nadie se lo imaginaba. #

Llantos, congoja e impotencia. Los chicos desorientados, algunos petrificados en el estadio Kléber Andrada, de Cariacica, con la mirada perdida en algún punto. Otros, tendidos en el césped. Ninguno podía explicarse que había pasado. Todos, aturdidos. El Sub 17 y un déjà vu eterno, como un loop burlón. La Argentina nuevamente fue devorada por su bestia negra histórica, esa categoría que nunca pudo domar. En la AFA hay títulos mundiales de mayores, varios Sub 20, títulos olímpicos, Panamericanos y Preolímpicos. Muchas Copas América, también. Pero la menor de las divisiones es una deuda constante. Un inquilino moroso. Tres terceros puestos, en los certámenes de Italia 1991, Ecuador 1995 y Finlandia 2003 eran el listón a superar. Esta parecía una buena ocasión. Prolijo, paciente y contundente, el equipo albiceleste había jugado con la autoridad de los equipos convencidos de un estilo. Nada era casual: una generación con más de dos años de ensayos que, en el camino, se había coronado campeona sudamericana Sub 15 y Sub 17. Ese proyecto, ya no solo un equipo, era el que prometía, al menos, ser protagonista hasta la semana final. Pero en el segundo tiempo todo se desconectó. 

Aimar, acompañado por Diego Placente en las decisiones, ayer eligieron a Rocco Ríos Novo; Kevin Lomonaco, Francisco Flores, Bruno Amione y Luciano Vera; Lautaro Cano (Sforza), Ezequiel Fernández (Ayala), Cristian Medina y Matías Palacios; Exequiel Zeballos (Velasco) y Matías Godoy. La selección había construido una interesante diferencia durante la primera etapa. Un centro largo desde la derecha enviado por Luciano Vera encontró por el segundo palo el cabezazo goleador de Exequiel Zeballos. Y más tarde, el capitán Francisco Flores peinó otro envío de Vera para dejar al goleador Matías Godoy frente al arco paraguayo. No falló. Ya había convertido en los triunfos contra Camerún y Tayikistán; si el delantero de Atlético de Rafaela marcaba, la Argentina ganaba… Del buen augurio a la pesadilla.

Los cuartos de final estaban al alcance. El nuevo desafío asomaba el próximo domingo, también en Cariacica. Enfrente esperaba Holanda, el campeón europeo, que había accedido a la rueda final con angustia, como uno de los mejores terceros, porque en su grupo, el D, había perdido 3-0 con Japón, también había caído 3-1 con Senegal y solo en la última fecha había goleado 4-0 a los Estados Unidos. Pero una convincente victoria en los octavos ante Nigeria, el pentacampeón de la categoría, con tres goles de Sontje Hansen, una promesa de Ajax, invitaban a estar alerta. Ese duelo contra los dirigidos por Peter Van der Veen, que iban a disfrutar de 48 horas más de descanso porque habían jugado el martes pasado, nunca ocurrirá. Para entonces, la Argentina ya habrá llegado a Buenos Aires.

Es que nada estaba sentenciado, pese a esos dos goles de ventaja. El cruce con los paraguayos comenzó a cargarse de angustia. Un gol en contra de Cano en su desesperado despeje (rechazó cuando la pelota ya había ingresado, y el VAR le concedió el gol a Paraguay) animó a los rivales y fue un llamado de atención para la Argentina. Enseguida, Diego Torres aprovechó espacios y ventajas de un equipo que empezaba a desarticularse para castigar a la selección con un empate que poco antes no estaba en los planes de nadie. Pero quedaba una estocada: Diego Duarte, después de un eslalom genial, cerró su gran corrida con un zurdazo alto. Inatajable. En poco más de media hora, la Argentina hizo un viaje relámpago desde los favoritismos hasta la feroz eliminación. El tiempo adicionado prolongó la angustia y activó la impotencia que terminó en la expulsión de Matías Palacios, cuando solo se trataba de saludar al rival y aceptar esa derrota que era consecuencia de tantas desatenciones. Detrás del dolor, podía intuirse la mueca socarrona de la bestia negra.

Fuente: otrosambitos.com.ar