En el Día del Almacenero Nerina Diaz Carballo nos invita a mirar hacia atrás, cuando la figura del “almacén de barrio” era el corazón de la vida cotidiana de miles de rosarinos. Aquellos comercios de mostradores altos y balanzas de metal nacieron al calor de la inmigración europea de finales del siglo XIX y principios del XX, en el marco de las políticas que buscaban impulsar el crecimiento del país.
Nombres tradicionales como el Almacén Pompeyo (1867), Campodónico (1912) o Rosenthal (1917) se convirtieron en referencia de un modelo comercial donde el almacenero no solo vendía fraccionado a ojo, sino que era el garante de la confianza vecinal mediante la clásica libretita del fiado. En ese mapa también destaca la historia de la familia Di Santo, inmigrantes italianos que levantaron en barrio Ludueña el histórico almacén Carmela —impulsado por la cercanía con el ferrocarril— y que con los años creció hasta transformarse en el icónico mayorista y minorista Micropack.
El paso del tiempo y las constantes transformaciones económicas fueron reconfigurando este escenario. Con el cierre de los almacenes tradicionales, antiguos inmuebles emblemáticos han ido cambiando de manos, pasando en muchos casos a firmas de origen asiático. Un ejemplo claro es el local ubicado junto al viaducto, sobre calle Urquiza, donde funcionó el histórico mayorista y hoy opera una firma de la colectividad china.
Esta dinámica económica reabre el debate sobre la identidad y el futuro del comercio en el centro rosarino. En el marco de este recambio, los mismos descendientes de la familia Di Santo han impulsado una propuesta que genera diversas reacciones: la creación de un Barrio Chino. Las alternativas que se barajan contemplan su instalación sobre un tramo de la peatonal Córdoba o en barrio Pichincha, con una oferta orientada a la gastronomía y los comercios temáticos.
Mientras la iniciativa despierta miradas encontradas sobre si logrará revitalizar la circulación en el área céntrica o si responderá a una simple lógica de franquicia desconectada de la historia local, las formas de consumo continúan ajustándose a la realidad. Entre el regreso del fiado en los comercios de barrio y la compra de alimentos en cuotas con tarjeta de crédito, el espíritu del viejo almacén de barrio sobrevive como recuerdo de una época donde la cercanía y el mostrador definían la vida de la ciudad.

